lunes, 1 de junio de 2020

Cuento: Huérfano Autor: Ricardo Mariño.

Cuento: Huérfano
 
Autor: Ricardo Mariño. 


Vi a mi amor cuando subía con la olla en la mano. Al llegar al extremo de la escalera apoyó el recipiente en el techo del baño, pasó ella misma al techo y lentamente fue vertiendo el agua dentro del tanque. El primer chorro hizo ruido como de bolitas de acero que golpeaban contra el fondo metálico. Dejó la olla a un lado y se irguió, tomándose la cintura y mirando hacia arriba, donde el sol se ocultaba dando un tinte cobrizo a las copas de los árboles y trazando finas rayas rojas en los techos de zinc. Bandadas de patos surcaban el cielo, sus graznidos eran el silbido de un viento imperceptible y yo estaba henchido de amor, tronando, exigiendo ayuda al dios del cual me animaba a descreer mi abuelo.

—Te vas a bailar, Teresa —le dije desde nuestro patio, casi gritando.

—Qué hacés, Mario —saludó—. Sí, a ese lugar nuevo —se tiró atrás el pelo y en el mismo gesto volvió su mirada a nuestro patio. Dijo que calentaría otra olla y emprendió el descenso.

—¿Qué? ¿Un lugar nuevo? —me preguntó el viejo alcanzándome el mate—. ¿Cómo se llama? —y cuando se lo devolví me retuvo la mano para insistir—: ¿Qué hace esta chica? ¿Cómo se llama ese lugar?

—En el frigorífico —le contesté—, trabaja en el frigorífico.

—¿Con vos?

—No, abuelo, ¿qué, va a andar en los camiones?

Cuando volvió a subir se quejó del peso de la olla. Era ahora una figura totalmente oscura recortada sobre el cielo rojo. La brisa que empezaba a levantarse adhería el vestido a sus piernas.

—Decime, Teresa, ¿fumás vos? —le preguntó el viejo, asomando la cabeza por sobre la sombra de corredor, sin llegar a verla.

—¿Qué tal, abuelo?

—Bien, querida. Si fumás te pregunto.

—Ah, sí —sonrió—. Bah, a veces—. Al terminar de descargar el agua dijo que si no se apuraba terminaría bañándose con agua fría.

—Fuma —dijo el viejo, como si le costara creerlo—. ¿Cuántos años tiene?

—Dieciocho.

—Te lleva cinco. ¿Vos también vas a ir a ese lugar?

Me levanté y llevé la pava y el mate a la cocina. Seguí de largo hasta la pieza y me acodé en el marco de la ventana. El callejón que se veía desde allí estaba en sombras y a cincuenta metros, donde se abría una calle, una vaca permanecía petrificada junto a la zanja. Se escuchó una radio. Imaginé la acrobacia del viejo para encenderla desde el sillón de ruedas. El locutor describía la quietud del agua en el Tigre y hablaba de las lanchas Paglietini: una chica sentada en el techo de la lancha con expresión ausente y el pelo dorado batiéndose suavemente. El macho de la chica, yo, pero rubio, con los codos apoyados en una baranda, mirando la figura de la chica reflejada en el agua.

—¡Mario! —tose, ríe y grita el viejo—. ¡Con algún ricachón debe andar!

La chica del cumpleaños había arreglado la pieza que daba a la calle con fotos de artistas y papeles sobre las lámparas que proyectaban sombras de colores. En un rincón había una mesita con tortas y bebidas, confiada al cuidado de los tres hermanitos. Si alguien quería comer algo debía pasar por la aprobación de los tres, que a cierta altura de la fiesta insultaban a quien se acercaba por miedo a que estuviera consumiendo más de la cuenta. En el patio estaba el padre de la chica despatarrado en un sillón de caña en compañía de una botella vacía.

Bailando sometí toda la noche a una misma chica, fea y escasamente interesada en mi persona, a la batería de preguntas cuyas posibilidades de respuesta tenía puntualmente estudiadas. El interrogatorio incluía, claro, su ocupación y si tenía novio. Dijo que era bordadora, que tenía diecisiete años y que en cuanto a novio tenía algo así como una mitad. Si esa mitad no venía a buscarla en una hora me informó que ella se arreglaría con el que tuviera más cerca. El medio novio era jugador del equipo de fútbol más importante de la ciudad y en mi vida, por esa misma razón, ocupaba un puesto destacado. Tuve miedo de que el tipo entrara y, enojado o para lucirse ante los demás, me agarrara a trompadas.

—¿La conocés a Teresa? —pregunté.

—¿La que trabaja en el frigorífico? Sí, ¿por?

—No, por nada. Para ver si la conocías.

—¿Anda con vos? No puede ser, ¿anda con vos? ¿Cuántos años tenés? —preguntó, por primera vez interesada en algo que guardara relación con mi persona y a la vez dejando entrever que esa posibilidad le parecía absurda.

—Dieciséis. ¿De qué te reís? —tuve que preguntar en seguida.

—De nada, ¿no me puedo reír? —pero un momento después lo dijo—. Catorce tenés, o trece. De Teresa me río, ¿no es ella la que...? —y completó la idea con un gesto que parodiaba una enorme panza. Sólo después de unos minutos pude recuperarme y centrar mi atención en que a la chica no le resultaba claro el autor del embarazo, por lo cual me estaba agregando a su lista mental de sospechosos. Recibí el equívoco con indisimulado orgullo. Esperé un tiempo prudencial y, como no dando importancia, dije:

—A esta hora me gusta caminar. Te parecerá una pavada. Caminar, mirar la luna... soy muy bohemio yo.

—¿Vos sos huérfano, no? —dijo. Pensaba que sólo a un huérfano se le podía ocurrir caminar y mirar la luna a esa hora. Salimos. Por un momento pensé que las cosas estarían realmente perfectas si nos viera Teresa. Pero era la primera vez que una mujer hacía dos pasos en mi compañía y después de diez metros no pude dejar de pensar en cómo sería besar. Solamente una vez lo había hecho, mientras bailaba, con una chica que era garantía de no saberlo tampoco. Pensé en todas las maneras de acomodar la lengua.

Tal como le había asegurado la luna estaba ahí arriba. Nos llegaba además la música lejana del baile de un club y los bramidos de los camiones que pasaban cada tanto por la avenida. Ella admiraba que yo reconociera las marcas de los camiones por el ruido que hacían. Yo era, decididamente, feliz.

Los huérfanos —dijo, luego de un largo silencio— leen mucho. Bah, me parece a mí.

Yo también creía que todos los huérfanos leían mucho o, al revés, que todos los que leían mucho lo hacían debido a algún tipo de orfandad. Según ese razonamiento yo era huérfano en las dos variantes y en cuanto a la segunda leía los diarios socialistas que le traían al viejo y desde hacía más de un año, Resurrección, de Tolstoi.

—¿Te gustaría estar al lado de un río? —extraje del libreto.

—¡Sí! —gritó entusiasmada. A juzgar por la exclamación había soñado toda su vida con estar en un lugar así con un ayudante de camionero, hablando sobre la orfandad. Naturalmente, no hubo ningún plan de ir a nada que se pareciera a un río y el tema de los huérfanos no fue retomado. En cambio, inesperadamente le dije, con una de mis frases memorizadas, que la quería. Tal vez usé la expresión “enamorado” y seguro que mi voz tembló. Los dos nos sorprendimos. Ella rió más de lo que eran capaces de tolerar mis nervios. Se detuvo, se cubrió la cara, casi lloraba de la risa. Finalmente dijo “yo no”, y decir eso reavivó sus carcajadas cuando ya parecían apagarse. Traté de salir del paso diciéndole que en realidad yo tampoco, pero de inmediato me entristecí. Y es que ahora ella me parecía bellísima y distante. Pensé que de todas maneras, aunque me diese bolilla en ese momento, al día siguiente cuando se enterara de mi verdadera edad me odiaría para siempre. ¿Y si nos convertíamos en novios y un día nos casábamos? Cuando ella tuviera cuarenta yo tendría treinta y cinco. Era mucha diferencia. Lo mismo con Teresa. Un día estaría yo sentado a la mesa y de pronto la miraría a ella, cualquiera de las dos, y el enemigo que llevo adentro me preguntaría: ¿esa vieja es tu mujer?

—A las dos menos cuarto pasa un tren carguero —le informé cuando llegamos al paso a nivel.

Lo esperamos tirando piedras a un charco, mientras le contaba las hazañas de mi abuelo. El viejo acostumbraba a pedir a algún vecino que hiciera el favor de llevarle un paquete a otro viejo que arreglaba zapatos al otro lado de la ciudad. Adentro del paquete iba una enorme piedra o un atado de ladrillos. A los pocos días el otro viejo le devolvía la misma piedra con un nuevo comedido. Y así eternamente.

Finalmente llegó el tren: como sobrecogidos por el estruendo nos abrazamos. El convoy ya estaría a diez kilómetros y yo ya había despejado mis dudas sobre cómo se usaba la lengua al besar, cuando ella dijo:

—Si me viera mi novio...

¿Seguía siéndolo? Le recordé que no había pasado a buscarla en el plazo fijado. Sonrió y señaló a dos perros que treinta metros más allá se disputaban un enorme hueso. La luna caía sobre sus lomos lustrosos con algo de líquido, de llovizna. Traté de pensar en que nos parecíamos a esos perros o, en todo caso, por qué a mí me parecía que había algo que nos emparentaba con esos perros.

Regresamos. A cada paso ella parecía más feliz y yo más triste. Pero luego me repuse, porque mientras ella saltaba en un solo pie sobre una serie de baldosas puestas en la vereda para evitar el barro, pensé: traicionó a su novio conmigo. ¡Conmigo!

Poco después, una cuadra antes de su casa, nos separamos. No quería llegar acompañada.

Metí las manos en los bolsillos y caminé muy lentamente hacia mi casa. Pensaba en esa calle de tierra volátil, en la música que llegaba desde un club donde se hacía un baile. En ese momento pasó el loco que se creía corredor de bicicleta. Todas las madrugadas salía a entrenarse en una bicicleta de reparto con manubrio de carrera. Le tiré un piedrazo que dio en los rayos de la rueda trasera. Me miró aterrorizado y yo a él. Salí corriendo y recién a las dos cuadras caminé más tranquilo. La madrugada, las sábanas flameando en los patios, el canto de un gallo, el olor de la levadura de una panadería. Era extraño que ningún cambio importante se hubiera operado en mi persona después de haber besado a una chica de diecisiete años.

—Buenos días, distraído.

Era Teresa. Estaba adentro de una camioneta, me pareció que con un tipo medio viejo. Saludé vacilante, sin resolverme a seguir como venía –pateando una piedra y relatando la jugada– o a detenerme y mirar quién era el tipo. Traté de aparentar firmeza. Aún dentro del patio de mi casa continué así. No fui a mi pieza. Me aposté en el tapial para mirar al patio vecino. Diez minutos después se encendió la luz en la habitación de Teresa y entró ella. Tiró los zapatos a un rincón, se besó la mano, la llevó al vientre y dio una especie vuelta de vals, y otra, y otra, y otra, y se dejó caer en la cama. El huérfano se quedó allí y apeló al recurso de pensar que algún día se iría de esa casa y esa ciudad. Casi pudo ver todo aquello como si ya fuera un recuerdo.


FIN

En Cuentos Argentinos. Antología para gente joven,
Alfaguara, Buenos Aires, 1998.




No hay comentarios: