miércoles, 3 de junio de 2020

Hansel y Gretel. Autor de esta versión: Ricardo Mariño. Ilustraciones: Eva Mastrogiulio


Origen: Alemania
Antes de que los hermanos Grimm lo publicaran en 1812, este cuento se contaba a niños y adultos. Y a todos asustaba.


Hansel y Gretel vivían en una cabaña en el límite de un gran bosque. Del bosque se decían cosas que maravillaban, pero también había comentarios que daban miedo: que estaba encantado, que en los sinuosos senderos que lo cruzaban aparecían fantasmas, animales que hablaban, brujas y criaturas extrañas. Hasta ese momento, los chicos solo lo habían recorrido en compañía del padre y su gran hacha de leñador y por eso no habían tenido miedo. Pero ahora, al escuchar la conversación que mantenían el padre y la madrastra, el bosque se les volvió preocupante y temible…

Las voces llegaban claras desde el piso de abajo a la pequeña habitación de la cabaña donde estaban Hansel y Gretel:

—¿Qué va a ser de nosotros? ¿Cómo voy a alimentar a mis pobres hijos? —se lamentaba el padre. El hombre trabajaba día y noche, pero el dinero no alcanzaba. Apenas tenía con qué comprar harina y amasar unos panes, pero había días que ni siquiera eso.

—Se me ocurre algo —dijo la madrastra, y bajó un poco el tono de voz para asegurarse de que no la escucharan los niños que, sin embargo, la oyeron perfectamente—. Es duro decirlo, pero la verdad es que la comida no alcanza para los cuatro. No nos queda otra salida que dejar a los niños en el bosque.

—¡No puedo abandonarlos! Y menos en el bosque. Se dice que en el bosque hay fantasmas y brujas —respondió el hombre, indignado, pero la mujer no lo dejó continuar.

—Está bien —dijo ella—. Entonces nos vamos a morir de hambre los cuatro, incluyendo a tus preciosos hijos.
En el bosque, por los menos es posible que alguien se apiade de ellos y les dé algo de comer. Y los fantasmas y las brujas no existen, lo sabe todo el mundo.

Tanto le insistió la mujer que el hombre terminó cediendo.

En la pieza de los chicos, el silencio del hombre hizo llorar a Gretel. La nena se sentó en la cama y con la manga de la remera se enjugó las lágrimas.

—Nos van a dejar en el bosque… —le dijo a su hermano.


Hansel se sentó a su lado y le pasó el brazo por encima de los hombros consolándola.

—Tengo una idea que nos puede salvar le dijo.

Al amanecer, antes de que subiera el sol, vino la madrastra y los despertó.

—¡Arriba, perezosos! —dijo bruscamente mientras abría la ventana dejando entrar un haz de luz cegador—. Tenemos que ir al bosque a buscar leña.

Los chicos salieron al patio a lavarse la cara y la madrastra, parada en la puerta, los apuró:

—¡Vamos! Aquí tienen algo para comer. Les advierto: no lo coman antes de la hora del almuerzo porque no van tener nada más.

A poco de iniciarla larga caminata por el bosque, al padre le extrañó la actitud de Hansel, que muy seguido se detenía para mirar hacia la casa una y otra vez.

—¿Qué estás mirando, hijo? Vamos, no te quedes retrasado, más rápido.

—Es que estoy mirando a mi gatito blanco que está sobre el tejado y quiere decirme adiós.

—Tonto —le dijo la madrastra—, ese no es tu gatito, es el sol de la mañana que ilumina la chimenea.


Sin embargo, Hansel no estaba mirando a su gatito ni el sol de la mañana: se detenía para echar migas en el camino y lo había hecho desde que salieron de la cabaña.
Su plan era esperar a que cuando él y su hermana fueran abandonados en el bosque, las migas de pan sirvieran para encontrar el camino a casa.

A medida que caminaban, la vegetación se iba volviendo cada vez más espesa y cerrada, los árboles más altos, con flores y frutos enormes y coloridos. Cuando llegaron a lo más profundo del bosque, donde los árboles eran tan altos y tupidos que ni siquiera llegaba la luz del sol, el padre se detuvo.

—Ahora recojan unas ramas, hijos.
Vamos a encender una hoguera para que no sientan frío.

Hansel y Gretel juntaron leña y formaron un montoncito. Cuando lo encendieron y las llamas tuvieron cierta altura, habló la madrastra:

—Quédense junto al fuego mientras nosotros vamos por el bosque a cortar leña. Cuando terminemos, volveremos a buscarlos.

Hansel y Gretel se sentaron junto al fuego y cuando llegó el mediodía comieron cada uno su pedacito de pan. Creían escuchar los golpes del hacha de su padre. Pero no era el hacha lo que sonaba, sino una gruesa rama que el viento agitaba contra un árbol seco.

Después de estar largo tiempo sin moverse, como los ojos se les cerraban de cansancio, se durmieron profundamente.
Cuando se despertaron, ya era de noche.

—¿Y ahora cómo volvemos? —dijo Gretel echándose a llorar.

—Tranquila —la calmó Hansel—. Esperemos a que salga la luna. Entonces podremos ver las migas de pan y encontrar el camino hacia casa.


Pero cuando salió la luna y se pusieron en marcha, no encontraron las migas: se las habían comido los pájaros.

—No te preocupes —dijo Hansel intentando mostrarse seguro, aunque en realidad estaba tan asustado como su hermana—. Ya vamos a encontrar el camino.


No lo encontraron. Muchos lectores dejan el relato en este punto porque lo que sigue asusta de verdad, pero otros, como Hansel y Gretel, se animan a seguir buscando una salida.

Caminaron toda la noche y aun todo el día siguiente sin poder salir del bosque.
Hacía un calor sofocante y de vez en cuando escuchaban murmullos extraños entre las plantas. Al caer el sol del segundo día, estaban tan cansados y hambrientos que se echaron bajo un árbol y se durmieron.

Hacia el mediodía del tercer día vieron un hermoso pajarito, blanco como la nieve, posado en una rama. Su canto era tan hermoso que se pararon a escucharlo.
Cuando el pájaro terminó su canto, agitó las alas y voló hacia ellos; los niños lo siguieron y de repente llegaron a una casita.

El pajarito se posó en el techo y cuando ellos se aproximaron vieron que la casa no estaba hecha de madera sino de… ¡golosinas! Las paredes eran de torta y galletitas pegadas con dulce de leche.
El techo era de chocolate y las ventanas tenían láminas de caramelo cristalizado en lugar de vidrios.
Los chicos gritaron de alegría y se pusieron a arrancar pedazos de la casita para comérselos. Hansel le dio un buen bocado a la pared, mientras Gretel arrancó un pedazo de ventana y empezó a comérselo con voracidad. Al cabo de cinco minutos, las paredes de la casa estaban llenas de marcas de dientes. Hansel le estaba convidando un pedazo de chocolate a su hermana cuando los sobresaltó una voz. Una mujer viejísima, llena de arrugas y apoyada en un bastón, había abierto la puerta de la casita y los miraba sonriendo.
Tal fue el susto de Hansel y Gretel que dejaron caer lo que tenían en las manos.

—¡Qué hermosos niños! Qué lindos y apetitosos…, quiero decir, qué adorables —dijo la anciana—. ¿Cómo es que andan solos por el bosque? ¿No saben que está embrujado? ¡Entren, entren! No tengan miedo y quédense en mi casita, que aquí estarán a salvo de los fantasmas, de las brujas malas y de todo eso.

Hansel y Gretel se miraron. Desconfiaban de la anciana, pero era verdad que no iban a durar mucho más caminando solos por el bosque. Se dejaron llevar por la anciana, que los tomó de las manos y los introdujo en la casita donde les sirvió leche, masitas y tortas. Después de comer, los llevó a una habitación donde había dos camas cómodas y mullidas. Los chicos se echaron en ellas y se durmieron creyendo estar a salvo de todos los peligros.

Sin embargo, la anciana era una bruja y su plan era… ¡comérselos! ¡Cómo en los cuentos de hadas! Los niños eran su fuente principal de alimentación y cuando lograba atrapar a uno, para ella era un día de fiesta. La bruja largó una carcajada larga y maléfica, de esas que largan las brujas, pero Hansel y Gretel estaban tan cansados y dormían tan profundamente que no escucharon nada.


Muy temprano por la mañana, la bruja se levantó y al ver que los chicos dormían profundamente, murmuró: “¡Qué rico bocado será este!”. Se acercó entonces a Hansel y, tomándolo con su mano llena de verrugas, lo arrastró a un corral con rejas y lo encerró. Hansel gritó y golpeó la puerta del corral con todas sus fuerzas, pero no sirvió de nada.

Después, la bruja fue a despertar a Gretel.

—¡Arriba, perezosa! Quiero que vayas a buscar agua y que cocines algo rico para tu hermano. Está en el corral y debe engordar.
Cuando esté bien gordo, me lo voy a comer.

Gretel se puso a llorar amargamente, pero tuvo que hacer lo que la malvada bruja le exigía.

A partir de entonces, se preparaban los mejores platos para Hansel mientras Gretel solo recibía las sobras. Cada mañana, la vieja iba al corral y llamaba:

—Hansel, mostrame tu dedito, quiero comprobar si estás gordito.

Hansel le pasaba un huesito de pollo a través de la reja y la bruja, que tenía los ojos rojos y era casi ciega, creía que era el dedo de Hansel y se asombraba de que el niño no engordara.

De todos modos, después de cuatro semanas, la bruja no quiso esperar más.

—¡Eh, Gretel! —llamó—. Rápido, traé agua. Gordo o flaco, mañana voy a cocinar a Hansel. Gretel se puso a llorar, pero eso enojó más a la vieja.

—Llorar no sirve de nada —la increpó—. Ya encendí el fuego del horno. Primero vamos a hacer el pan, que ya tengo la masa lista—. Y empujando a la pobre Gretel hacia el horno, agregó:

—Para saber si está bien caliente te tenés que meter adentro.

La bruja quería que Gretel se metiera en el horno para cocinarla a ella también.
Pero Gretel era astuta y se dio cuenta de lo que pasaba. La niña miró a la bruja con ojos inocentes y dijo:

—¿Cómo hago para entrar en el horno?
La entrada es demasiado angosta.

—¡Pero qué boba! —exclamó la bruja—. La entrada es enorme, ¡si hasta yo puedo pasar!


La bruja metió la cabeza adentro del horno para demostrar que la puerta era suficientemente grande y fue entonces cuando Gretel aprovechó y le dio un empujón que la lanzó adentro del horno.
Cerró la puerta y salió corriendo. La bruja soltó un grito horrible y después se deshizo en un humo verde y nauseabundo que salió por la chimenea, se elevó unos metros y se disipó con el viento.

Gretel corrió en busca de su hermano:

—¡Hansel, estamos salvados! ¡La bruja ha muerto!

El joven salió de un salto como un pájaro al que se le abre la jaula. Los dos se abrazaron, gritaron y bailaron de alegría.
Luego, como no tenían ya nada que temer, entraron a la casa de la bruja: en todos los rincones había cofres llenos de perlas y de piedras preciosas.


—¡Llevemos eso a casa! Con toda esta riqueza, nuestra familia no pasará más hambre y no querrán abandonarnos en el bosque —dijo Hansel y llenó sus bolsillos tanto como pudo.

—¡Somos ricos! —exclamó Gretel mientras llenaba el bolsillo de su delantal.

—Ahora tenemos que irnos y salir del bosque encantado.

Después de caminar un tiempo por el bosque, se dieron cuenta de que el paisaje se les hacía cada vez más familiar hasta que de pronto vieron a lo lejos la casa de su padre. Echaron a correr y entraron a la cabaña eufóricos. Saltaron al cuello del padre, que no había tenido un solo momento de alegría desde que había abandonado a los niños en el bosque.
La madrastra había muerto.

Gretel sacudió su delantal desparramando perlas y piedras preciosas por el suelo, mientras Hansel sacaba puñados y puñados de los bolsillos.

—¡No volveremos a pasar hambre, se acabaron las preocupaciones, vinimos a traerte todas estas rique…! —gritó Hansel, pero enmudeció de pronto al ver que, apenas tocaban el suelo, las piedras desaparecían como por encanto.

—Eso no tiene importancia, hijos —les habló el padre abrazándolos—. Trabajaremos más, nos arreglaremos como sea, pero viviremos juntos y felices.



Fin




Autor de esta versión: Ricardo Mariño
Ilustraciones: Eva Mastrogiulio

Visto y leído en: http://librosycasas.cultura.gob.ar 




Hansel y Gretel. Autor de esta versión: Ricardo Mariño. Ilustraciones: Eva Mastrogiulio



Ricardo Mariño
 

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