lunes, 26 de octubre de 2020

LA PRINCESA Y EL GUISANTE Autora de esta versión: María Cristina Ramos - Ilustraciones: Cynthia Orensztajn


La princesa y el guisante

Origen: Dinamarca
Si bien versiones de este relato se vienen contando hace mucho tiempo, el primero que lo escribió y lo publicó fue Hans Christian Andersen en 1835.


 

 

María Cristina Ramos (Mendoza, 1952). Es profesora de Literatura. Ha escrito y publicado cerca de 20 libros. Su obra ha sido distinguida por las delegaciones de IBBY de México y Argentina (ALIJA). Ha sido candidata al Premio Christian Andersen por la Argentina. Fundó la editorial Ruedamares.
Cynthia Orensztajn (Buenos Aires, 1973). Estudió Diseño Gráfico en la Universidad de Buenos Aires y se desempeñó en esta tarea en varios estudios de diseño y agencias de publicidad. Se formó como ilustradora en los talleres de Mirella Musri, Claudia Legnazzi, Edgard Ródez e Istvansch. Ha ilustrado numerosos libros infantiles.
 
 
Esta es la historia de una princesa y un guisante. Todo guisante es una semilla; toda semilla es un pequeño mundo.
En las semillas todo es posible, en su interior se puede bailar, volar y vivir en el corazón de una flor. En sus veredas redondas crece la primavera, pero muchos de sus caminos dan al invierno.
El invierno de las semillas es un paisaje inmóvil, sin color ni viento. A veces desde la semilla llegan voces, gotas de conversaciones. Son los seres que alguna vez entraron en ellas y no han encontrado todavía la puerta para regresar.

Todo esto sabía la princesa, que venía abriéndose paso en la tormenta; tenía que llegar al palacio que estaba en la cima de la montaña.


En ese palacio, que veía ya a través de la lluvia, vivía un príncipe en edad de casarse. Ella lo había cruzado varias veces en los caminos y se había vuelto a mirar su espalda de gigante desorientado, sus pasos de solitario.

Era el príncipe del Reino de Nomeolvides, y sus padres, ya ancianos, querían que se casara para que continuara con el reinado.

—Queremos que elijas a una verdadera princesa —le habían dicho. Él, no del todo convencido, fue llevando a palacio a las jóvenes más bellas de las cercanías para someterlas a la mirada de los reyes.

Pero unas por altas y otras por pequeñas, algunas por bochincheras y otras por tímidas, algunas por descuidadas y privadas de elegancia, ninguna consiguió la aceptación de los reyes. Así, todas debieron volver a sus hogares con un puñadito de monedas de oro y algún sombrero de tafetán como agradecimiento y pasaje hacia el olvido.


El príncipe entonces decidió partir hacia los reinos vecinos y continuar con la búsqueda. Se vistió con ropas sencillas tomadas del cuarto de los jardineros para no llamar la atención y mezclarse entre la gente sin ser reconocido, cargó su morral con lo que creyó necesario, montó su caballo blanco y partió.

Galopó a través de la lluvia durante mucho tiempo hasta que el hielo vidrió los caminos y el aire era tan frío que congelaba sus pestañas. Buscó entonces refugio en una casa del bosque.

En la casa vivía una anciana que lo recibió con una sonrisa. El resplandor del fuego de la cocina se desplegaba como un reino. Con el crepitar de los leños, pudo recuperar el calor y sonreír. La sonrisa del príncipe no aparecía muchas veces porque quedaba siempre debajo de su preocupación.

El pan estaba horneándose y despedía un aroma que flotaba y, en dibujos de vapor, empañaba las ventanas. El príncipe nunca había estado en una casa tan pequeña ni había visto ventanas tan diminutas, ventanas que bajo las enredaderas se abrían como los ojos de los cervatillos.


—¿Qué busca en mitad del invierno? —le preguntó la anciana.

—Busco a una princesa para casarme —le respondió.

—Qué pena —dijo ella—. Hace algunos meses pasó una por aquí.

La mujer compartió con él el pescado casi transparente que había cocinado y una montañita de papas.

Luego el príncipe se quedó dormido; la anciana lo protegió con una manta tejida por ella. Él soñó con una princesa envuelta en una túnica del color del mar.


Durmió un tiempo incontable y al despertar se despidió y siguió camino.

Al atardecer de ese día llegó a la plaza de un reino vecino, donde algunas jóvenes paseaban juntando caracolas sin memoria y buscando el sol. Pasó a su lado mirándolas una por una. Se sentía confundido. Cómo saber si alguna de ellas era una princesa verdadera. De lejos llegaba una canción que decía:

Del día y de la noche
nace el agua;
del día y de la noche,
los caminos.
Nada ve y nada encuentra
el que no sabe.
Nada ve y nada encuentra
el peregrino.

El príncipe rodeó la plaza al paso de su caballo tratando de encontrar a la dueña de la voz, pero no la encontró. Entonces buscó otra vez el camino y galopó hasta el siguiente reino. Allí, bajo un horizonte de castillos, había una feria. Los feriantes venían de otras latitudes y hablaban idiomas extraños. Muchas jóvenes recorrían el lugar, algunas ataviadas bellamente. Seguramente entre ellas había princesas, pero ¿serían verdaderas?
¿Debería mirar entre las que vestían con brillos y destellos? ¿O habría que buscar entre las que tenían en sus ojos el suave temblor del bosque?

Se acercó a una y le pidió agua, pero la chica, distraída ante las telas bordadas en hilos de oro que ofrecía un mercader, no escuchó su pedido. Otra derramó el agua antes de servírsela y la tercera dijo que sabía de una vertiente a la que iban a beber los enamorados. El príncipe cerró los ojos con esperanza, pero cuando volvió a abrirlos, la chica ya no estaba.

Decidió entonces ir a recorrer las islas cercanas. Atravesó veloz el primer puente y llegó a un lugar tranquilo que lo llenó de presentimientos, pero allí solo vivían parejas jóvenes que criaban a sus hijos pequeños.

Cruzó el segundo puente y llegó a una isla donde todos dormían y solo los pájaros volaban y alumbraban los árboles con plumajes y trinos. Se hubiera quedado ahí para amansar su tristeza, pero siguió adelante.

Al atravesar el tercer puente vio a alguien con una túnica azul, alguien que caminaba lento como si contara sus pasos.


Al acercarse, ella alzó los ojos y lo miró como si lo conociera. Fue un segundo apenas, como un suspiro de luz, pero en ese instante el caballo se encabritó y partió al galope alejándolo irremediablemente.

En esa isla un anciano le preguntó:

—¿Qué busca?

—Busco a una princesa para casarme—le respondió.

—Qué pena —dijo el hombre—. Hace algunas horas pasó una por aquí.

El príncipe se apeó para descansar y entonces escuchó a alguien que cantaba:

Del sol y de la sombra
nace el sueño,
del sol y de la sombra,
los olvidos.
Nada ve y nada encuentra
el temeroso;
nada ve y nada encuentra
el distraído.

Mordido por la curiosidad, siguió otra vez el rumbo de la voz. Parecía venir del bosquecito cercano. Avanzó al paso, la cola de su caballo dejaba un dibujo en la suavidad de la arena. Se detuvo para escuchar mejor, pero solo los estorninos conversaban con ese tejido de trinos que deja tan ajenos a los humanos.

La voz no se volvió a escuchar y él se sentía tan cansado que quiso volver. El invierno estaba llegando nuevamente y quería descansar y protegerse antes de seguir con su búsqueda.

Galopó desandando la distancia que lo separaba de su reino. Arriba los nubarrones oscurecían el aire y se estiraban como dragones. Desde chico temía las tormentas, aunque ahora no debía asustarse, se dijo, porque ya era un príncipe hecho y derecho; pero igual su corazón –que no había crecido mucho– galopaba tanto como el caballo y temía como si fuera el que años antes se volvía ovillo en su cama de principito.

Cuando finalmente entró al palacio, los truenos fueron más intensos y el viento azotó los postigos de las ventanas del palacio.


Abrazó a sus padres y cayó rendido.
Durmió durante horas. Soñó con una joven que, a paso de paloma, se acercaba con un vestido de nube.

Y entonces alguien golpeó a la puerta.
El príncipe se sobresaltó y se puso en pie, confundido, creyendo que se apeaba de su caballo blanco. Dio una palmada cariñosa a su almohada y recién entonces despertó por completo.

—¿Quién puede haber llegado a palacio en mitad de esta terrible tormenta? —se espantó el rey.

—Buenas tardes —dijo alguien escurriendo su vestido maltratado por el aguacero.

—¿Quién es usted? —preguntó la reina.

—Soy una princesa.

La hicieron pasar y trajeron muchas toallas para secarle la lluvia.

—¿Cómo puede una princesa atravesar la tormenta? —preguntó el rey.

—¡Qué lindos ojos tiene!—dijo el príncipe en voz baja.

—No solo atravesé esta tormenta —dijo la recién llegada—. También atravesé el mar en una embarcación que naufragó cerca de la orilla. Tuve que nadar para ponerme a salvo.

—Eso no es fácil de creer —dijo el rey.

—Tengo cómo demostrarlo, mi señor —dijo la recién llegada. Abrió su mano y dejó ver algo como un corazón transparente—. Es ámbar, la semilla de luz que solo crece en el fondo del mar.

—Hay una forma de saber si lo es —dijo, desconfiada, la reina, y lo sumergió en una copa de agua con sal. El corazón flotó porque era de ámbar, la reina asintió con una sonrisa y le ofreció hospedarse en el palacio.

La chica sacó varios peines de un morral y pidió subir hasta lo alto de la escalera.
Allí comenzó a desenredar su pelo, que fue cayendo en cascada por los escalones.
Los peines fueron desprendiendo gotas de lluvia y de mar y también unas cascaritas sombrías que formaron un charco de misterio bajo el descanso de la escalera.



Solo una princesa podía tener un pelo tan largo y tan brillante, pensaba el príncipe mientras la veía peinarse.

Esa noche, la reina, que no quería equivocarse con la recién llegada, decidió someterla a una prueba. Preparó su cama con siete colchones y agregó varios edredones más antes de tender las sábanas.
Y en el colchón de más abajo puso un guisante, redondo y pequeño como un pequeño mundo. Lo había cosechado de una enredadera que crecía en el límite de las tierras oscuras.



El príncipe aguardó con impaciencia que amaneciera.

—¿Cómo ha pasado la noche? —le preguntó la reina al día siguiente.

—La verdad es que no muy bien —respondió la chica—, algo me incomodaba terriblemente y casi no pude dormir.

La reina y el rey –que creían que un guisante es nada más que un guisante– se alegraron y, convencidos de que era una princesa auténtica, animaron al príncipe para que se casara con ella.

Pero el príncipe no confiaba demasiado en la opinión de su madre ni en la de su padre y pidió esperar unos días.

Sumada a las costumbres de palacio, la chica conversó en las horas diurnas con la reina y en las horas nocturnas con las chicas de la servidumbre. Pero cuando salía la luna, subía a los balcones y allí conversaba largamente con el príncipe.

Una mañana se escapó hasta las caballerizas y acarició al caballo blanco, que la miró como si la conociera. Entonces ella empezó a cantar:

Del sol y de la sombra
nace el verde,
del bosque y de la lluvia,
los perdidos.
Que se vuelva agua dulce
la tormenta,
que acaricie de amor
al peregrino.

Cuando el príncipe la escuchó, reconoció la voz que lo había cautivado en lejanos caminos y recordó la mirada de la chica del puente. Entonces estuvo seguro y tranquilo porque la conocía desde antes de su llegada y, desde antes, había soñado con ella.

Y se casaron felices y felices vivieron.
Y el guisante rodó por un camino de viento para golpear a la puerta de este cuento.



*
Fin
*



Brujas, princesas y pícaros
Cuentos clásicos infantiles

SÍNTESIS
Estos cuentos pasan de boca a oreja de mamás, papás, abuelas, tíos y chicos desde hace mucho, mucho tiempo. “Hansel y Gretel”, “Caperucita Roja”, “La princesa y el guisante”, “Pedro y el lobo” y “La sopa de piedra” son historias que los van a acompañar siempre.
Por eso, es importante leerlas una y otra vez hasta que se las sepan de memoria, hasta que se queden dormidos y las sueñen, hasta que se despierten hablando del lobo, de la princesa y de la bruja como si estuvieran ahí.

 

 

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