jueves, 17 de septiembre de 2020

CUENTO: EL EXTRAÑO CASO DEL AMIGO INVISIBLE, de ADELA Basch

 
 
 
Una vez, en un mes de noviembre, cuando faltaba poco para que terminaran las clases, se vio salir de cierta escuela a un chico y una chica tomados de la mano.

Cualquiera diría que eso no tiene nada de particular. Y lo más probable es que realmente no lo tenga.

Sin embargo, en este caso la situación mencionada se mezcla con confusos y enigmáticos sucesos, que hasta el día de hoy no han podido aclararse por completo.

Pero, antes de seguir adelante, repasemos un poco los acontecimientos.
Pocos días antes de que el chico y la chica de que hablábamos salieran de la escuela tomados de la mano, una silueta misteriosa, de manos invisibles y uñas un tanto mordisqueadas, había dejado caer una carta sobre el pupitre de Viviana.

La carta, una vez fuera del sobre y desplegada ante los ojos sedientos de Viviana, decía así:

Viviana:
Mirá, realmente no puedo entender que después de tanto tiempo no hayas logrado develar mi identidad. Bueno, esta vez las pistas que te doy tienen que resultar infalibles. Acordate de que dos son falsas y sólo una es verdadera. Aquí están:
Vivo en una casa que tiene el sótano en la terraza y la planta baja en el tercer piso.
Nací el 35 de febrero del año 2582.
Estoy enamorado de vos.
Chau,
T.A.I.


Viviana leyó la carta y la volvió a poner dentro del sobre. Por un momento se preguntó si ahí, guardado dentro del sobre blanco, la carta seguiría diciendo lo mismo.
La miró al trasluz.
Sí. Seguía diciendo lo mismo.

Pero el caso se complica. Porque ese mismo día, una figura sigilosa, también de manos invisibles, aunque pequeñas, había aprovechado un descuido de Carlos para deslizar una carta entre las hojas de su cuaderno. La carta, que la mirada de Carlos devoró en un instante, decía así:

Carlos:
Sí, soy yo, una vez más, insisto. No puedo creer que tardes tanto en descubrir mi identidad. Esta vez te voy a dar pistas muy fáciles. Si las estudiás bien, son pan comido. No te olvides de que hay una sola verdadera, las demás son falsas. Son éstas:
Una pista de aterrizaje.
Una autopista.
Quiero a un chico que se llama Carlos.
Hasta pronto,
T.A.I.


Carlos volvió a leer la carta una y otra vez. Después, la releyó una y otra vez. Y durante un largo rato la siguió leyendo una y otra vez. En fin, podríamos decir, sin faltar a la verdad de los hechos, que la leyó un montón de veces.

Pero la historia no termina acá. De ninguna manera.
Porque un tiempo antes, para ser más precisos un día de octubre, de estos en que hasta el más despistado se da cuenta de que es primavera, alguien de manos invisibles había colocado silenciosamente esta carta dentro de la mochila de Viviana:

Viviana:
A ver si de una vez por todas conseguís averiguar quién soy. Para eso, te doy tres pistas. Cuidado. Como siempre dos son falsas y sólo una, verdadera. Aquí van:
No sé leer y por eso no te escribo cartas. Ni soñarlo.
Soy marciano. Nací en Marte y nunca salí de ahí. En Marte viví toda mi vida y en Marte moriré toda mi muerte.
Cuando te veo soy inmensamente feliz.
Chau,
T.A.I.


Y por extraño que sea, por esos mismos días, otras manos, también invisibles, habían aprovechado el barullo de un recreo para colocar esta carta entre los libros de Carlos:

Carlos:
Te doy una nueva oportunidad para que de una buena vez descubras quién soy. No entiendo cómo te cuesta tanto. Bueno, acá tenés tres pistas.
Mucho ojo, dos son verdaderas y una es falsa:
Un helado de pistacho.
Un tapiz visto al revés, mejor dicho, al vesre y con una letra cambiada.
Me encanta la forma en que te reís.
Hasta pronto,
T.A.I.


Todo lo presentado hasta aquí bastaría para configurar un caso verdaderamente digno de atención. Pero hay que agregar que en los meses anteriores sombras de manos invisibles habían dejado un sinfín de misteriosas cartas al alcance de Carlos y Viviana.

Examinemos atentamente una parte de la correspondencia previa a las vacaciones de invierno. Entre muchas otras cartas, hubo una como ésta:

Viviana:
Te escribo con una identidad secreta, pero te voy a ayudar a que descubras quién soy. Para eso, te doy tres pistas, y además te aviso que dos son falsas. Buscá bien la verdadera. Aquí están:
Mi familia está compuesta así: mi madre, mi padre, yo, que soy hijo único, y mis dos hermanos mellizos, uno de quince y otro de seis años.
Mido 17 metros de altura. Me gustás mucho.
Chau,
T.A.I.


Y también una carta como ésta:

Carlos:
Mirá, te lo escribo sin vueltas. No te puedo decir quién soy. Sólo puedo darte algunas pistas para que vos mismo trates de descubrirlo. De las tres pistas que te doy, sólo una es verdadera y dos son falsas. Además, una es para armar y otra es medio invisible. Aquí están:
Un poco de al-pis-te mezclado con un poco de ta-lla-ri-nes.
Un fanático de las papas, ya sean fritas, hervidas o al horno, un verdadero pa...
Cada día me gustás más.
Hasta pronto,
T.A.I.


Hay muchísimas cartas más, pero incluirlas a todas en este libro daría por resultado un volumen de tamaño sumamente excesivo. Nos limitaremos, al menos por ahora, a los ejemplos citados.

Quizá valga la pena mencionar un dato que puede aportar cierta luz a esta cuestión.
Se sabe que ese mismo año, a poco de comenzar las clases, algunos chicos comentaron en sus casas: "Me parece que este año la escuela me va a gustar. La maestra nos enseña jugar al amigo invisible."

También se tiene conocimiento de unos cuantos pormenores más sobre ese chico y esa chica que, según dije al principio, se vio un día salir de la escuela tomados de la mano.

Para no abundar en detalles innecesarios, sólo diré que ya hace como veinte años que se casaron y que vinieron a vivir justo al lado de mi casa. Ahora están de vacaciones, y yo me encargo de regarles las plantas y les recibo la correspondencia.
Ayer mismo recibieron dos cartas. Al cartero no lo vi. Es muy raro, porque apenas sonó el timbre salí a la puerta, y sin embargo, no vi a nadie. Pero dejó dos cartas. En una dice:

Carlos
Y en la otra:
Viviana
Los dos llevan el mismo remitente:
T.A.I.



FIN

 

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