lunes, 21 de septiembre de 2020

CUENTO: UNA MUJER ALADA de GRACIELA MONTES


Una mujer.

Una mujer como cualquier otra entre millones de mujeres. Pero, aunque esto no la diferencie en nada de las demás, ella se llama a sí misma yo.

Una mujer que vive en una gran ciudad con adecuadas comodidades y está casada y es razonablemente feliz en su matrimonio. Si es que el amor y la felicidad admiten razonabilidades.

Una mujer que tiene algunos hijos y que además de ser un pilar de la bonanza familiar trabaja afuera, de lunes a viernes, en una oficina que por suerte en este caso queda relativamente cerca de su domicilio. Lo cual desempeña un papel fundamental en los acontecimientos que más adelante se relatarán, porque sin ello otro hubiera sido el cantar.

Una mujer de edad madura que siempre disfrutó del caminar y desde el principio ha decidido permitirse el sobrio ejercicio de realizar a pie el trayecto que media entre su casa y su trabajo, todos los días de lunes a viernes a la misma hora, salvo que llueva a torrentes o caiga granizo o nieve lo cual en este caso a decir verdad pocas veces acontece.

Bueno, esta mujer de la que hablamos hace veinte años que camina a su trabajo todos los días por la misma senda, que es en realidad una misma avenida ciudadana, con los mismos semáforos y los mismos edificios y los mismos comercios y los mismos carteles con anuncios publicitarios, aunque en veinte años nada sea lo mismo, pero en apariencia la senda es la misma y ella también.

Y ocurre que un día esta mujer, por algún sino, que seguramente para ojos entendidos habrá estado inscripto en las líneas de sus manos, en su horóscopo, en las figuras que hubiera trazado el I Ching de haberlo ella consultado, o en la borra del café que bebió esa mañana y nadie leyó, decide dirigirse a su trabajo por un camino distinto del que hace veinte años viene a diario transitando. Un mínimo desvío, un ínfimo corrimiento.

Ella no es consciente de que tiempo después protagonizará este cuento.

Esta mujer sólo percibe una oscura voluntad de tomar un camino hasta el momento desconocido, de apartarse de la vertiginosa avenida y tomar por una calle menos ruidosa, de volver a doblar la esquina y dejarse tocar por la espaciosa quietud de una callecita cualquiera. Ella no se asombra cuando un leve rumor la roza. Ni después, cuando el silencio la abraza. Ni un poco más tarde, cuando todas las calles se vuelven un sendero de arena.

Ahora sus pies son dos pies descalzos que murmuran sobre la arena, mientras la tarde entona una canción callada y desde adentro de sí misma el silencio florece en un crepúsculo que es amanecer y océano y montaña y viento y fuego, y se suceden las noches y los días en una inmensidad que está al mismo tiempo en todas las inmensidades.

Aquello que se acerca ahora es una caravana de hombres y mujeres y camellos que avanzan sobre una infinita sucesión de granos de arena.
Y cuando llegan ante ella la rodean y se hincan en reverente círculo a sus pies.

—Oh, reina que llegas de lejos. Danos un árbol que nos alimente, que aplaque nuestra sed, que nos ofrezca sombra.

Entonces ella pidió un puñal de fina empuñadura y se cortó un mechón de los cabellos. Y con manos firmes cavó un profundo pozo en las honduras ondulantes de la arena y depositó allí sus cabellos recortados y los enterró.

E inmediatamente la arena dio a luz un árbol robusto de frondosas ramas. De unas ramas pendían hojas de delicado aroma, de otras frutos y de otras, colores. De la rama más tersa colgaba un mechón de cabellos, idénticos en todo a los cabellos de ella.

Entonces los hombres y las mujeres y los camellos se saciaron con los frutos y retozaron a la sombra y se regocijaron con los colores. Y cuando sus corazones y sus músculos y sus miradas estuvieron rebosantes cada uno se cortó un puñado de cabellos y los entregó a la arena. Y el desierto dejó de ser desierto y se hizo bosque.

En ese momento ella no se detuvo, sino que siguió caminando entre los árboles, por sobre las raíces, por debajo de la techumbre de las ramas.

Y cuando el último árbol quedó atrás, lo que aparece ante los ojos de esta mujer es el mar. Una extensión de un bramido azul inabarcable. Y entre el mar y ella la playa. Y sobre la playa una botella. Y dentro de la botella unas gotas de ron, que no alcanzan a borronear el mensaje.

Ahora ella construye una embarcación que no cuadraría llamar barca ni navío.

Y sobre esa embarcación se entrega a las aguas. Se deja mecer. Y las aguas se dejan hendir por los remos, que tejen las gotas del mar como dos agujas que a cada puntada entretejen las hebras del agua hasta formar una alfombra de líquida trama.

Y ella llega entre las olas hasta los restos insomnes de un antiguo palacio flotante, donde todo ha sido engullido por la boca rugiente del agua. Sobre unas maderas roídas por la sal y el viento sobreviven unos pocos hombres y mujeres jóvenes y algunos niños.

—Has llegado, Emperatriz. Llévanos a tierra firme.

Entonces ella se pincha los dedos de las manos y se frota los hombros con el rocío de las gotas de su propia sangre. Y en el fresco jardín de sus espaldas florecen, gemelas, dos alas.

Ella es una mujer que emprende vuelo llevando un puñado de náufragos sobre las alas.

Y cuando pisa la arena de la playa ve que el horizonte es un espejo de infinitas ventanas. Y abre una de esas ventanas y pasa a través de ella y está en su casa.

Y cuando llega su marido, le dice:

—Querido, hoy cociná vos porque yo estoy cansada.




FIN

© Graciela Montes

 

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