jueves, 10 de septiembre de 2020

MITOS GRIEGOS " PANDORA " Adaptación de Cristina Gudiño Kieffer Ilustrado por: Ayax Barnes





¡Qué lindo país era Tesalia!

Estaba surcado por ríos plateados y adornado con montañas enormes y majestuosas. En la cumbre de la más alta de las montañas, había una ciudad maravillosa. Sus casas eran de bronce y sus avenidas estaban bordeadas de nubes.

Era el Olimpo, la ciudad siempre acariciada por el Sol y nunca castigada por el viento.

Allí siempre había movimiento y ruido: fiestas, reuniones, discusiones.

Solo de vez en cuando, algunos minutos de reposo y tranquilidad.

¿Por qué? Porque sus habitantes, que se llamaban los Olímpicos, eran todos dioses.

Y no había ninguno de ellos que no fuera a veces divertido y a veces también renegón.

Conversando y tomando un dulce vinito, llamado néctar, pasaban agradablemente los días y las noches.

Como toda ciudad organizada, aquella también tenía un rey: Zeus.


Entre todos los habitantes del Olimpo el rey se distinguía por ser muy curioso. Más curioso que todos los dioses juntos.

Constantemente estaba tratando de ver lo que pasaba en todas partes: no se le escapaba nada.

Así fue como un día, observando las praderas de Tesalia, donde el Hombre vivía tranquilo, trabajando, pensó Zeus:

–¡Qué solo está el Hombre! ¡Qué solo y qué aburrido!
¡Haré algo inmediatamente!

Llamó con voz de trueno a los otros dioses y les dijo:

–¡El Hombre está solo! ¡Yo creo que ha llegado el momento de mandarle a Pandora!

–¿Pandora? –preguntaron todos sorprendidos–. ¡No la conocemos!

–¡Es una sorpresa! –exclamó Zeus–. ¡Miren, les presento a Pandora!

Y les mostró una hermosa muchacha, graciosa como un jilguero.


–Además –continuó diciendo Zeus–, ordeno que cada uno de ustedes le haga un regalo, para que lo lleve consigo a su futuro hogar, al lado del Hombre.

Enseguida se dispusieron los dioses para la gran tarea y…
Afrodita, que era la diosa del amor y de la belleza, le puso reflejos dorados en los cabellos y le dio suavidad de seda en la piel, dejándola más hermosa que nunca.

Artemisa, la mejor cazadora del Olimpo, le dio juventud eterna y agilidad para saltar y correr. Febo le dio una mirada pura y simpática y el poder de calmar con su canto a los furiosos.

Atenea le dio inteligencia, astucia y capacidad para comprender todas las cosas.

Hera, la esposa de Zeus, le otorgó el don de la fidelidad y le enseñó a cuidar y ordenar el hogar. Las Gracias, que eran tres pequeñas diosas, muy bonitas y muy alegres, le dieron clases de canto y baile durante toda la tarde.

Ceres, la diosa de la agricultura, le dio el amor a los árboles y las plantas.

Momo le dio la risa.

Pluto le dio riquezas prodigiosas.

Pandora se fue convirtiendo poco a poco en un ser resplandeciente de virtudes, en un ser que conocía de todo, en un ser que sabía ser feliz y hacer felices a los demás.

Pero todavía faltaba Hermes, el mensajero de los dioses en el Olimpo.

La gran velocidad que tenía para ir de aquí para allá, lo había convertido en el único dios capaz de hacer los mandados con rapidez.

Y pensó que el mejor regalo que podía hacer a Pandora, era facilitarle un hermoso paseíto por el cielo.

Lustrando las alitas de sus sandalias y poniéndose su casco alado, le dijo a la bella muchacha:

–¡Ven, vamos a volar entre las nubes!


La alzó en sus brazos y volando, volando, fue con ella a las praderas de los ríos de plata…

Y se la entregó al Hombre.

¡Este jamás había visto una criatura tan maravillosa!

Además de ser linda y simpática, sabía jugar y estaba siempre dispuesta a trabajar.

Enseguida se hicieron amigos.

Estaban juntos durante el día y durante la noche, y cuando se separaban, se extrañaban mucho.

Tan grande fue la influencia de Pandora, no solo en el Hombre, sino en la región entera de Tesalia, que todo cambió.

La sonrisa del Hombre se hizo más feliz.

El agua corría más contenta y más saltarina y juguetona por el cauce del río.

Los pájaros tenían los colores del arco iris y las mariposas cantaban mientras trabajaban de flor en flor.

Las ardillas zapateaban al mismo tiempo que recogían sus nueces.

Y los lagartos le sonreían al Sol entre las piedras.

En cambio, en el Olimpo, todo seguía igual.

Zeus, como siempre, mandaba, ordenaba y… curioseaba.


Y como era él tan curioso, se le ocurrió:

–Todas las mujeres son curiosas. Me gustaría ver si Pandora no lo es también.

Llamó a Hermes y le ordenó:

–Toma este cofre, llévaselo a Pandora y déjaselo en su casa.
Pero, eso sí, ¡prohíbele terminantemente de mi parte que lo abra!

Hermes lustró nuevamente las alitas de sus sandalias y voló hacia la Tierra, cumpliendo con lo que le había encargado Zeus: le entregó al Hombre el cofre, porque Pandora no estaba en aquel momento en casa.

Antes de partir le encomendó:

–¡Prométeme que no lo vais a abrir por nada del mundo!

El Hombre, que sabía que los dioses eran exigentes y vengativos, ¡le prometió firmemente que ni siquiera lo iba a mirar!


Así, pues, Hermes se volvió satisfecho al Olimpo.

Pero al poco tiempo llegó Pandora al hogar y vio inmediatamente el obsequio.

Cuando vio el cofre por primera vez, gritó fuera de sí de contenta:

–¡Deben ser regalos para mí!

–¡La trajo un dios que tenía alas hasta en los pies! –le explicó el Hombre.

–¿Alas hasta en los pies? ¡Debe haber sido Hermes!
¡Vamos a abrirlo, a ver qué contiene!

–¡No! ¡Los dioses nos han prohibido abrirlo! ¡Olvídate de ese cofre y vamos a pasear!

–¿Entonces no podemos saber lo que contiene? –sollozó Pandora desilusionada.

–¡Claro que no! ¡Tenemos que olvidarnos de que existe!

Pasaron los días y Pandora no podía dormir de curiosidad y de intriga.

Pero disimulaba y solo se acercaba al cofre cuando estaba sola.

¡Qué hermoso era!

Tenía una cerradura chiquitita y una llave de oro que parecía de juguete.

Y sobre la tapa había dibujos de todos los colores imaginables…

¡Además, el cofre… hablaba!…

Sí, hablaba con mil vocecitas distintas.

Cuando Pandora acercaba su orejita a la tapa, se oía un rumor que se iba aclarando poco a poco y que parecía decir:

–¡Déjanos salir, Pandora! ¡Seremos tus amigos y te enseñaremos a volar! ¡Déjanos salir!


Después de oír aquello, Pandora soñaba.

Soñaba que al levantar la tapa del cofre saldrían de su interior una multitud de hadas de alas transparentes que la llevarían volando hasta las nubes.

¡Que le enseñarían a hablar con las flores y a caminar por un rayo de Sol!

¡Que le mostrarían cómo cae la lluvia, y que le contarían miles, millones, de otros secretos!

Pandora no podía ya recuperar la tranquilidad.

La curiosidad había entrado en ella y no la dejaría en paz ni un solo momento.

Una mañana, estando Pandora sola, se puso a jugar con la llavecita.

Tanto jugó y dio vueltas con ella en la cerradura… ¡que de repente la tapa se levantó un poquito...!

Asustada y ansiosa, Pandora se dijo a sí misma, muy bajito:

–¡Espiaré lo que tiene, y luego cerraré enseguida! ¡Total, nadie se dará cuenta!

En el mismo instante en que iba a levantar la tapa, el Hombre, que acababa de entrar, le advirtió asustado:

–¡No abras, Pandora!

Pero era ya demasiado tarde.

¡La tapa se había levantado completamente y una nube negra, acompañada de un gran clamor, se elevaba del cofre y se extendía, cubriéndolo todo!


La luz del Sol desapareció.

Una enormidad de bichos minúsculos y repulsivos llenó la habitación.

Uno de ellos le clavó un aguijón en la frente al Hombre, y este supo por primera vez lo que era el dolor.



Se oyeron nuevamente las voces que antes oía como lejanos y tentadores susurros, pero que ahora decían con voz de trueno terribles verdades:

–Yo soy el sarampión.

–Y yo soy los zapatos que aprietan.

–Yo me llamo dolor de muelas.

–Y yo me llamo tristeza.

Así se fueron presentando todos los males.


¡Estaban los celos, negros y despeinados; la ingratitud, con un gesto amargo en el rostro; la apatía, toda vestida de gris; la incertidumbre, con los ojos vendados...! ¡Y la envidia, y el dolor de cabeza, y el hambre, y el aburrimiento, y el resfrío, y la alergia, y miles y miles de enfermedades y desgracias más, que habían invadido la hermosa Tesalia para siempre...!

Pandora sentía que su corazoncito se ahogaba de pesar y de arrepentimiento.

¡Por su curiosidad y su imprudencia, la Tierra, que antes no tenía problemas, estaba ahora plagada de los mayores males y las mayores desdichas!

¡Y para colmo alguien hablaba todavía dentro del cofre!

Alguien, que decía:

–¡Abre, Pandora, y esta vez no te arrepentirás de lo que haces!

Pandora ya no se animaba.

Miró al Hombre, como pidiéndole consejo.

Pero el Hombre estaba muy preocupado con su dolor de cabeza, y no le hizo caso.

Así que Pandora se decidió sola y levantó, temblando, la tapa del cofre.

¡Y menos mal!

Porque del fondo del cofre salió una figurita radiante, que se presentó diciendo:

–¡Soy enemiga de los males!



Tocó la frente al Hombre y le sacó el dolor de cabeza.

Y también le quitó un buen peso del corazón a Pandora.

Hizo entrar de nuevo al Sol y sopló por todos los rincones para hacer que desapareciera todo resto de la nube negra de males.

Y, en efecto, todas las preocupaciones, todos los dolores, achaques y molestias, corrieron a esconderse cuando vieron que volvía la luz.

–¡Quién eres? –preguntaron Pandora y el Hombre, encantados, a la alegre figurita radiante.

–Soy la Esperanza –contestó ella, con una sonrisa–. Y me voy a quedar para siempre con ustedes, para que no estén solos frente a los males.

Y la Esperanza se convirtió en la compañera ideal de Pandora y el Hombre; nunca más abandonó la Tierra. Hasta hoy, la Esperanza sigue aquí, en la Tierra, muy cerquita de todos nosotros.




Cristina Gudiño Kieffer
Argentina, 1946.
Vive en Buenos Aires. Es autora de cuentos para chicas y chicos y colaboró en la redacción de enciclopedias infantiles.
Sus relatos fueron publicados en la Argentina, España y México. En el CEAL, para la colección Cuentos de Polidoro, adaptó y escribió: La tierra ya está hecha, Teseo y el Minotauro, Pandora, Las aventuras de UIises, La flecha mágica, y la serie de Don Quijote, entre otros.

Ayax Barnes
Argentina, 1926-1993.
Dibujante e ilustrador. Si bien la mayor parte de su tarea se concentró en libros infantiles, elaboró también afiches, papelería, envases y arte de discos. Trabajó en dos colecciones fundantes de la literatura infantil de América Latina: Cuentos de Polidoro y Los Cuentos del Chiribitil, y en la enciclopedia El Quillet de los niños, dirigida por Beatriz Ferro. Junto a su compañera, la escritora Beatriz Doumerc, publicó más de veinticinco obras, entre ellas La línea, que recibió el premio Casa de las Américas en 1975. Creó, junto a Beatriz Ferro y Oscar Díaz, el logo del elefante para la colección del CEAL.


PANDORA
MITOS GRIEGOS
Adaptado por: Cristina Gudiño Kieffer
Ilustrado por: Ayax Barnes
EDICIÓN HOMENAJE CUENTOS DE POLIDORO
Mitos y cuentos tradicionales




Contenido:
Pandora. Página 13
La Tierra ya está hecha. Página 35
El gigante y el viento. Página 53
Juan y la planta de habas. Página 83
El gigante Jacinto. Página 115

 

No hay comentarios: